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Volar

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Surcar el cielo con los ojos cerrados. Sentir el frío abrasador sobre mi piel; apenas cubierta por una fina tela. Cruzar océanos, sobrevolando su cristalina superficie, notando el sutil chisporroteo del agua sobre mi cara. Mi cuerpo fluyendo sin ataduras y con gracilidad, carente de la pesada gravedad que martiriza a mis enjutos hombros. Bailar con las nubes, sin tener miedo a cansarme. Oír rugir el viento incitándome a seguirle el juego, a dejarme llevar y hacer temblar mi voz con un inaudible lamento.  Noto que mi cuerpo se contrae por el éxtasis que la libertad me provoca, al no sentir las ataduras de la nada. No hay tierra donde tropezar, rocas que rasguen mi ropa, barro que manche mis manos... No hay gente, no hay gritos, no hay malos gestos, no hay voces, no hay miedos, no hay nombres, no hay apariencias y engaños. Solo mi cuerpo flotando y mi mente en blanco. Solo yo, conmigo misma. Sintiéndome, por primera vez, sin un tupido velo lleno de marañas oscuras y opacas...

Soy sentimiento

Soy débil. Sí, así me he sentido muchas veces en mi vida y cuando lo sentía miraba hacia el suelo reprochándome mi vulnerabilidad. Creo, además, que si eres una mujer este sentimiento se agudiza. “Lloras como una chica” . Ese menosprecio al llanto ha logrado que las mujeres nos reprimamos, ocultando nuestras emociones por miedo a ser juzgadas por ello. Llorar, sentir, emocionarte y mostrar tus más profundos miedos es supuestamente un signo de debilidad. La sociedad lo rechaza y no sabemos reaccionar si alguien se derrumba ante nuestros ojos. Con estas premisas no es de extrañar que en muchas ocasiones me haya sentido una “debilucha”. Porque soy de lágrima fácil y durante mi infancia se hizo duro a veces serlo. Quería ser invulnerable, como una heroína, pero llegada la hora de la verdad no podía contener las lágrimas. Hasta que un día comprendí de verdad lo que significaba llorar. Durante un momento de mi vida, uno de los más duros que he sufrido hasta la fecha, no podía llorar...

Lágrimas saladas

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Arena entre mis dedos. Mi pelo alborotado. La brisa sobre mi cara. El sonido de las olas rompiendo sobre la orilla. Las gaviotas y su gorjeo sobre mi cabeza. ¿Por qué siempre acababa refugiándome en aquel lugar? Quizás porque el profundo océano consigue darme serenidad, hacerme sentir segura o lo suficientemente tranquila como para pensar en paz. Puede que nos veamos atraídos hacia el agua, porque nos recuerda a aquellos momentos en los que permanecíamos en el líquido amniótico. Sintiendo la presencia de nuestra madre y su voz en apenas murmullos imperceptibles. En ese momento todo es perfecto. Existir pero con la seguridad de que alguien vela por ti, te cuida sin saberlo y con quien crearas un vínculo que no compartirás con nadie más. Pero entonces rompen esa conexión física y nacemos. Todo dependerá de nosotros ahora; hasta respirar. La primera vez que nuestros pulmones se llenan de aire y lloramos, puede que sea la primera vez que sintamos miedo. Nuestra supervivencia d...

¿Cómo estás?

Hola. ¿Cómo estás? En realidad no sé por qué pregunto, si ya sé cómo te sientes. A veces piensas que recae demasiado peso sobre tus hombros, ¿verdad? Intentas amedrentar la carga, pero es difícil. Tu manera de ser es la que provoca esa sensación. Es duro ser tan consciente de todo. Te ha llevado largos años llegar aquí, a este entendimiento: a saber quién eres. Y cuanto más consciente eres de ello, más fuerte te haces. Te das cuenta de que no todo el mundo es capaz de hallar tal entendimiento de sí mismo. Sabes perfectamente la felicidad que te provoca el ser consciente de lo que eres y sabes que eso es lo que le llega a los demás. Esa fuerza, esa vitalidad, ese optimismo, esa pasión que plasmas en aquello que amas y hasta en tu capacidad de querer. Tan pasional y con tanta ilusión por aquello que quieres con toda tu fuerza. Sientes que a veces la vida te devuelve parte de esa vitalidad y que si eres honesta contigo misma, esa honestidad llegará también a los demás. Que te...

Generación Millennials

Últimamente, en ciertos medios de comunicación, se está utilizando un término que me saca mucho de quicio. Millennials es la nueva forma que tienen de referirse a la generación que nació durante el presente milenio  –  englobando también a la gente con edades comprendidas entre los veinte y treinta años  – . Obviamente no es un término amigable... más bien todo lo contrario.  Normalmente todo lo que sea relativamente nuevo solemos rechazarlo. Nos acostumbramos a lo cotidiano; aquello que vemos y oímos diariamente. Rara vez nos gusta salir de nuestra zona de confort y probar a hacer cosas distintas a lo habitual. Conforme crecemos todo esto se va multiplicando y al final nos convertimos en personas, por lo general, más intolerantes con aquello que no encaja con lo que nosotros hemos vivido. Entiendo que para un sexagenario sea difícil empatizar o entender las tendencias de la gente joven. La tecnología ha cambiado el curso de los acontecimientos y ha remodelado...

La soledad y la grandeza de los pequeños momentos

Me gusta la soledad. Esa que no es impuesta sino necesaria. Aquella que te permite mirar dentro de ti, sin que nadie interrumpa tus pensamientos. Aquella que te ayuda a repararte si sientes que algo va mal. Aquella que muchos temen porque es profunda, descarnada y a veces nos muestra partes de nosotros que no nos gustaría encontrar en nuestro interior. Aquella que te hace plantearte el cuándo, el dónde y el porqué. Aquella que te hace recordar o indagar en tus más profundos sentimientos, revelándote fragmentos de memorias perdidas en el profundo mar de los recuerdos. Aquella que te puede desprender las lágrimas... esas lágrimas tan necesarias a veces; tan curativas y sanadoras pero que tanto miedo provocan en aquellos que no quieren entender su poder. Sí, me gusta la soledad porque me ha ayudado en muchas ocasiones. Creo que es uno de los mayores remedios del siglo XXI. Vivimos tan estresados y rodeados de información... constantemente bombardeados, no solo por nuestras emociones...

Reflejo

“Me miro en un espejo. Una sombra octogenaria se refleja en la pulida superficie del cristal. Mi mirada vacía se pierde en la negrura, que la rendija de la puerta deja traslucir en el umbral. Me siento cansado y perplejo, de mi propia estupidez. No me reconozco allá donde me veo. El canto de un cuchillo, visto a contraluz, me ha mostrado esta noche la desdicha de mi vida. He vivido atrapado en un engaño, por el que me he dejado seducir.  Crecí siendo un niño sin metas ni ilusiones. Jugaba conmigo mismo pero jamás con los demás. Aunque fingía hacerlo, simplemente por el qué dirán. No me veía retratado en ninguno de sus juegos, ni su manera de pensar. Era un niño distinto, que intentaba encajar. Crecí con el estigma de que debemos vivir para los demás. Incapaz de salir del redil, atado y amordazado; sin ninguna libertad. Y la pubertad me engañó, aún más. Me hizo creer que la culpa no era mía y se la achacaba a los demás. Creía ver libertad, allá donde solo había esclavitud y ...

Todos somos discapacitados

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No me gusta la palabra “discapacidad”, porque usarla lleva implícito el afirmar que alguien es incapaz de hacer algo. Y si bien es cierto que el ser humano tiene muchas taras, bajo mi punto de vista, la mayor virtud que tenemos es nuestra capacidad de superación cuando peor lo estamos pasando. Es muy difícil ver a una persona rendirse incluso en los peores momentos y creo que eso es lo que nos hace tan especiales, por encima de todo. Aunque por otra parte, me parezca paradójico que tengamos que estar en las peores situaciones para demostrar nuestra verdadera valía. ¿De dónde viene el título de esta entrada entonces? Os voy a ser sincera, quería ser dura al tratar este tema. Muy dura, si me lo permitís. Básicamente porque considero que somos muy injustos con nosotros mismos como especie. Lo mismo que en el primer párrafo alabo nuestra capacidad de superación, también critico con dureza el ser la única especie en la faz de la tierra, capaz de juzgar y discriminar de manera sumamente...

¡Adiós 2016!

Me resulta difícil definir cómo ha sido este año 2016. Creo que el balance que podría hacer sobre él, es que ha sido un año, en el ámbito personal, bastante bueno. Ha sido un año divertido, en el que he aprendido muchísimo y en el que he seguido abriéndome paso en la vertiginosa cruzada de madurar y crecer. Cada vez se me hace más cuesta arriba el ver, que mi infancia se va quedando atrás con mayor velocidad, cada año, y aunque es cierto que todo lo que estoy aprendiendo, además de la gente que estoy conociendo, hacen cada día más interesante ascender en tan empinada pendiente, no puedo evitar añorar aquellos años en los que todo era más fácil. Sin embargo, si tuviera que hacer balance de lo que ha sucedido durante este 2016, a nivel social, creo que ha sido un año un tanto oscuro. Un año en el que el terrorismo y el odio han dejado muchas víctimas en el camino; mostrando de nuevo la cara más amarga del ser humano. Aunque para cara amarga la que se nos ha quedado a muchos, al comp...