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Mis Monstruos

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Tu visión del mundo se ha expandido y tú con ella. A veces quiero creer… Solo creer en algo. La esperanza es lo único que me queda. Sin ella solo somos una versión vacía de nosotros mismos. Nos aferramos a ella cuando ya no nos queda nadie a quien abrazar, cuando tenemos miedo, cuando las dudas nos asaltan, cuando nos sentimos perdidos… Hay gente que esa esperanza la evoluciona y transforma en fe. Es normal, cualquiera se aferra a lo que tiene – a lo poco que tiene. No puedo parar de pensar en el tiempo y las personas. Porque interiormente pensamos que nada cambia, que todo sigue igual… En mi caso es aún más normal pensar así pues cuando creces en un pueblo el tiempo fluye de forma diferente. En aquel lugar, rodeado de montañas, todos los días eran igual. La gente mayor moría, pasaba alguna anécdota que generaba debates, especulaciones y cuchicheos durante meses… Al final, la vida de los demás se vuelve más interesante que la tuya propia. En un pueblo el tiempo se detiene...

Imagina ser tú

¿Tienes un espejo cerca? Cógelo y mírate en él. ¿Qué ves? Tu respuesta puede decir mucho de ti y de cómo te ves a ti mismo/a. Porque muchas veces, cuando observamos nuestro reflejo, no estamos mirando realmente lo que este nos devuelve; en realidad estamos viendo lo que nosotros queremos ver en él o lo que otros nos hacen ver en nosotros mismos. Este texto no pretende ser una especie de entrada de autoayuda, ¿sabes por qué? Normalmente ese tipo de textos solo intentan esconder la basura debajo del sofá. Pero por mucho que la escondas, la basura sigue estando ahí. Tenemos que saber ver nuestros defectos, entender que están ahí, verlos claramente y no enmascararlos con nada. Y cuando somos capaces de verlos y aceptar que están ahí, es cuando realmente aprendemos a aceptarnos tal y como somos. Porque sí, es genial ser como somos. Hemos nacido así y no nos tienen que hacer sentir mal por serlo si no le estamos haciendo daño a nadie. No hemos elegido ser de esta manera… o quizás sí. ¿S...

Volar

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Surcar el cielo con los ojos cerrados. Sentir el frío abrasador sobre mi piel; apenas cubierta por una fina tela. Cruzar océanos, sobrevolando su cristalina superficie, notando el sutil chisporroteo del agua sobre mi cara. Mi cuerpo fluyendo sin ataduras y con gracilidad, carente de la pesada gravedad que martiriza a mis enjutos hombros. Bailar con las nubes, sin tener miedo a cansarme. Oír rugir el viento incitándome a seguirle el juego, a dejarme llevar y hacer temblar mi voz con un inaudible lamento.  Noto que mi cuerpo se contrae por el éxtasis que la libertad me provoca, al no sentir las ataduras de la nada. No hay tierra donde tropezar, rocas que rasguen mi ropa, barro que manche mis manos... No hay gente, no hay gritos, no hay malos gestos, no hay voces, no hay miedos, no hay nombres, no hay apariencias y engaños. Solo mi cuerpo flotando y mi mente en blanco. Solo yo, conmigo misma. Sintiéndome, por primera vez, sin un tupido velo lleno de marañas oscuras y opacas...